lunes, 21 de marzo de 2011

Cine de Barrio

Aunque Sabina frecuentaba uno para ver una de romanos, el concepto no me dijo nada hasta hace pocos días mientras leía un estudio de la académica Rima de Vallbona sobre la vida y obra de Yolanda Oreamuno. Me golpeó en la cara, erguido, violento, reclamándome mi olvido. Restregándome de frente la indiferencia con que dejé de caminar dentro de mi ciudad para tomar el carro y dirigirme a alguno de los millonarios shopping malls en las afueras... en las afueras…

Hoy mucha gente se pregunta ¿por qué las personas ya no salen y disfrutan las ciudades costarricenses?, ¿porqué hay ciudades oficinas y ciudades dormitorios?

Si bien para explicar ese fenómeno social de abandono es necesario buscar sus causas en diversas fuentes, el cine de barrio (para mí simplemente “el cine”), era parte del entorno más próximo a mi formación como persona humana y para la abuela la mejor herramienta para lograr que la acompañara a misa de diez en la Catedral. Científicamente calculado, el matiné del domingo en el Cine Futurama iniciaba a las 11 de la mañana: Popeye el Marino con Robin Williams, el Gato con Botas, Flash Gordon, Viaje a las Estrellas, fueron algunas de las películas que a tan solo tres cuadras de mi casa observé con ojos de escolar y mal católico junto a la inolvidable compañía de mi abuela.

Años después y con las hormonas en ebullición, fui más lejos. Cuatro manzanas al oeste del pío hogar quedaba la puerta al paraíso del pecado: el Cine Alajuela. Religiosamente, cada viernes durante 2 años, no perdí la tanda de las 7 de la noche. ¿Cédula? No hacía falta. Con 13 años en aquella Costa Rica era posible deleitarse, en primera fila, con cualquier película diplomáticamente llamada “erótica”. Cuando cerraron el Alajuela, corrí al Cine Chic, a 600 metros de casa. Cuando llegué ya estaba desahuciado. Un buen día apagó sus proyectores para siempre.

Al Cine Milán entré pocas veces. Situado frente al Parque Central de Alajuela fue el que resistió más tiempo. Recuerdo al administrador, un hombre alto, blanco, gordo y “majijo” que le decían "Gato”. Cada vez que cerraba el cine y partía para su casa, un concierto de sonoros “miaaaaaauuuuuuuuu” lo despedía desde los poyos, deferencia que era correspondida con una lluvia de hijueputazos por parte del aludido.

Los cuatro cines comparten la causa de muerte: la epidemia de la globalización.

El Cine Futurama, donde también se llevó a cabo el Primer Congreso Mundial de Derechos Humanos y el lugar que atestiguó la firma de la “Carta de Alajuela” es hoy el local de una congregación religiosa protestante.

En el espacio que ocupó el Cine Alajuela se levanta hoy la sucursal del Banco Popular y Desarrollo Comunal (no, no estoy siendo sarcástico).

El edificio del Cine Chic fue absorbido por el Banco de Costa Rica y el Cine Milán alberga un MegaSúper.

La dureza del dinero transformó las ciudades y llevó la gente fuera de los barrios, a nuevos lugares de encuentro donde convergen personas anónimas de diversas procedencias, diluyendo el sentimiento de pertenencia, cortando las raíces que nos unen al espacio inmediato, facilitando la emigración de las nuevas generaciones a esa aberración social llamada condominios: “hacinamiento lejos de la ciudad.”

Plantear el regreso de los cines a los barrios, a las ciudades, me parece utópico.

Sin embargo, tal vez, la más importante herencia que sea dable rescatar de aquellos viejos y desaparecidos centros de entretenimiento sea rescatar y transmitir a los jóvenes la historia de su familia, de su barrio, de su ciudad, de su país, con el propósito de proveerles pleno conocimiento de dónde vienen y dónde están para que tengan certeza de hacia dónde van.

Tarea que sólo en el seno del hogar se puede llevar a cabo.

Ronald Castro Fernández
Alajuela
21 de marzo, 2011

1 comentario:

  1. Hoy, 16 de abril, 2011 observé que demolieron el edificio del Cine Chic...

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