miércoles, 12 de agosto de 2026

Opinión sobre el cierre de la Calle de San Miguel (apodada "Pasaje León Cortés").

Opinión sobre el cierre de la Calle de San Miguel (apodada "Pasaje León Cortés").

1) Desde finales del Siglo XIX, aparecen algunos artículos y notas desde y sobre nuestra ciudad de Alajuela, en los que se llama la atención respecto a la "indiferencia" del alajuelense. Aunque, pienso que la generalidad no entiende el concepto de cultura, ese nulo interés por lo "público - local", por lo "citadino"; es producto de la cultura, construida artificialmente, desde 1868 por el gobierno central, con el claro interés de apocar la población alajuelense. Previo a ese año, gozaba de un profundo sentimiento de pertenencia, que defendía, con el fusil en la mano, cualquier intento de los gobiernos por despojarlos de lo que consideraban suyo (desde la imposición de nuevos impuestos, normativa, etc.).

El principal efecto, de la mentira de la "fundación de Alajuela", es la indiferencia hacia lo propio (todavía hoy, en pleno Siglo XXI, existen historiadores académicos que insisten en el "regalo de tierras" y "el establecimiento de Alajuela" por obra y gracia del Obispo Esteban Lorenzo de Tristán), en el sentido de que si "todo esto nos fue regalado"... ¿Para qué pelear? "¡Si no nos costó nada, que de lo publico, se encarguen los que están en lo público!"... (Antes de 1868, los alajuelenses eran actores de su propio destino).

Un ejemplo actual de la ya, más que centenaria indiferencia alajuelense: La estatua de Alejandro Morera Soto en el Parque Palmares.

Tristemente, nuestra ciudad de Alajuela, ha sido reducida a tres conceptos vacíos: "La Liga", "los mangos" y "los apodos". De esos, "la liga", es el único que mueve masas (todos conocemos "la marcha del ladrillo", les llenamos el estadio y recibimos los sopapos que felizmente nos recetan, etc.), tiene la afición más numerosa y organizada de la ciudad. Pero el monumento, al máximo exponente del fútbol vernáculo, está en un estado vergonzoso y el silencio es total.

Me pregunto ¿Por qué? Y me respondo: - Porque está en un sitio público que es parte de la ciudad, de lo urbano y eso "no es problema mío ni de la afición". Caso contrario, estoy seguro, que miles de hinchas, desde años atrás, habrían exigido el mantenimiento o ellos mismos, acudirían a limpiarla y buscar la forma de proveerle el cuidado, que se supone, merece el homenaje de quien dió su nombre al estadio y que, gracias a su corazón, se le endilgó el honroso mote de "La Catedral" (pienso, que hasta esto entra en la indiferencia local: es en la Catedral de nuestra ciudad, donde se sepultan los corazones de quienes se han considerado personajes importantes y que han cambiado la historia del país, misma dinámica llevada a cabo, con el órgano vital de Morera, dispuesto en el estadio).

El problema de fondo, no es pérdida de ninguna confianza (aunque apropiado en esta precampaña electoral), es cultural.

2) A la indiferencia, se le unió el trauma del golpe de Estado de 1948. Nuestra ciudad de Alajuela, comprendía un kilómetro cuadrado; espacio donde todo ocurría y todo tenía su espacio. En las escuelas y el Instituto, fueron creados instrumentos de protección psicológica (por los seres humanos que ahí se encontraban e interactuaban), determinados por el entorno polarizado y radicalizado, no hubo términos medios; sólo ganadores y perdedores.

Jamás hubo un proceso de reconciliación nacional y menos de búsqueda de la verdad.

Es evidente, que a partir de aquella época, los apodos cambiaron; se centraron en ridiculizar públicamente los defectos físicos e intelectuales "del otro". También, cada quien, se convenció de ostentar la verdad absoluta. Se consolidó, incluso hasta hoy, el ataque a la autoestima del prójimo, simplemente, para sentirse seguros y dueños de una pseudosuperioridad.

Además, el darwinismo social, se cimentó como práctica social aceptada y reconocida como "buen valor y medida de éxito".

Pero, lo que tiene que ver directamente con la circunstancia que me puso a escribir, son dos aspectos, también originados posterior al golpe de Estado de 1948:

a) El individualismo exacerbado, que, junto con la antigua indiferencia, sellaron el maridaje que hizo posible una década (diez años) de tener un excusado a cielo abierto, diagonal a nuestro Parque Central (realidad que aviesas intenciones aprovecharon, después de 10 años de silencio e inacción, para enquistarse y entorpecer la construcción del nuevo edificio municipal).

b) El olvido del pasado, traducido en la frase "si yo no lo viví, si yo no lo recuerdo; no existió". Resulta fácil, preguntarle a los adultos mayores ¿Qué había aquí? O ¿Quién vivía en tal casa? O cualquier pregunta relacionada con la ciudad de Alajuela, las respuestas siempre serán con conocimiento posterior a 1948.

Un ejemplo, el edificio que albergó el Cuartel de Armas de Alajuela y construido durante el periodo de Tomás Guardia fue, entre 1929 y 1940, demolido y reconstruido, por etapas. Nadie, "en la calle", tiene memoria de eso, preguntarle a los asiduos visitantes del Parque Central, responden sin dudas: ¡ese cuartel lo construyó Tomás Guardia! (No trascendió la historia de padres a hijos).

Tanto texto para tan poco tema... Pero, no es únicamente si tener un espacio abierto o cerrado. Es que, quienes tienen actualmente, poder de decisión, reflexionen sobre el alajuelense actual a la luz de lo creado artificialmente y de lo inculcado por los abuelos y padres de las nuevas generaciones (que, dichosamente muchos sienten curiosidad por conocer del pasado de Alajuela), a raíz de un trauma colectivo.

En mucho, las respuestas a las interrogantes sobre abstencionismo, nula o poca participación en "la cosa pública" y si esas causas se comprenden y se traducen en acciones, bien se podría recobrar la cultura primigenia, en la que los alajuelenses fueron dueños de su destino colectivo y de paso evitar que la dictadura Jaguarsh, se haga con el control de la municipalidad en el 2028.

Por cierto, para terminar; esa via de comunicación (que de "a callado", le cambiaron la naturaleza y ahora es un lote municipal más), es una de las vías más curiosas y antiguas de nuestra ciudad. Es "La Calle de San Miguel" y representa el desprendimiento de varios vecinos, que permitieron abrir esa trocha, para sacar los restos útiles del destruido Oratorio de San Miguel (Terremoto de setiembre de 1841) y trasladarlos a la "Colina del Calvario"; dónde pocos años después, fue levantada la Ermita del Señor de la Agonía (lugar donde inició las fiestas de "El Llano", su profunda tradición de "El Huerto" [La agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní, de ahí el nombre del templo] y la que hogaño conocemos como la antigua Ermita de El Llano).

Razones, por las que merece, ese espacio, conservar la memoria de muchos hechos generosos del pasado y que ahora son cultura vernácula olvidada, le sobran muros para pintar murales, le sobra área para transformarlo en atractivo cívico, cultural y turístico para propios y visitantes.

La Libertad, es la columna vertebral de la identidad alajuelense. Es detestable, que ese lugar permanezca cerrado (igual, la Fuente de Libertad, hay que abrirla a la niñez y juventud que estudia a su vera). Es obligación moral, facilitar el uso de la "Calle de San Miguel" (o el

Pasaje León Cortés, como gustéis llamarlo) sin intermediación burocrática (o mínima - los alajuelenses tenemos mucho de anarquistas en cuanto la acción individual), que los artistas se apropien del lugar (que por su desnivel, es un anfiteatro útil), muralistas, bailarines... Bien, podrían unir ese espacio a la programación del Teatro Municipal (si algún día llega a Ítaca...).

Igual destino de dignificación, merecen la Fuente de Libertad, el Parque General Fernández, el Parque Palmares...

Ronald Castro Fernández
Alajuela
12 de agosto, 2026

domingo, 9 de agosto de 2026

¡De cuando Alajuela abrió los ojos!

La "historia" de "El Pacto del Jocote", desde no sé cuándo; nos la han contado polarizada e incompleta. "El extranjero traidor", Vicente Villaseñor, se abrazó con Morazán (estoy seguro, en el paso del río Itiquis, en el bajo después de Isauro Castro y no donde la historia oficial, lo monumentalizó).

Pero, ni en broma, nos dicen que toda la oficialidad costarricense firmó el acuerdo. Empezando, por Florentino Alfaro, un personaje interesantísimo por sus luces y sombras, animal político que la historia oficial, lo ha conservado muy potable...

Pero, el personaje del día, fue Rafael Barroeta Baca. Sus padres, decidieron echar raíces aqui y él, junto con su hermana, los acompañaron y fueron alajuelenses por libre y soberana voluntad (hasta el día de hoy, parte de la descendencia de Rosalía Barroeta, vive entre nosotros).

Rafael, estoy seguro, conoció de boca y actos, de sus vecinos y amigos; la verdadera historia y cultura alajuelense, para, en consecuencia, reaccionar como un alajuelense pundonoroso y bizarro (quizás, su condición de nuevo habitante, caló más profundamente el sentimiento de pertenencia y la claridad del porqué Alajuela es Alajuela y está en el lugar donde está) al escupirle a la cara a los confabulados, que ahí fueron a pelear y no a pactar.

Barroeta, lo vio claro; Alajuela, su Alajuela, y Costa Rica iban a ser víctimas de un despojo (aquellos Alajuelas, que sabían su verdadera historia, defendían su tierra y haberes, de cualquier despojo, con el fusil en la mano).

Dichosamente, los alajuelenses, abrieron los ojos ante el autoritarismo, la violencia alcohólica y el despeñadero fiscal, al que Morazán (que rima con Monterán) conducía alegremente a la Patria, en pos de sus ególatras intereses. Y así, en la madrugada del 11 de setiembre de 1842, reunidos en la Plaza Principal, los alajuelenses le dijeron al tirano: ¡Hasta aquí!

Todos, sabemos cómo terminó el que vino al país invitado desde Perú y recibido con arcos de uruca...

Ronald Castro Fernández
Alajuela
9 de agosto, 2026.

domingo, 4 de mayo de 2025

Contra aviesas intenciones

Contra aviesas intenciones

El entorno define la cultura de una población. El conjunto de viviendas, edificios, sitios públicos, genera sentimiento de pertenencia, nos define como comunidad y nos conecta con nuestro origen para ofrecernos certeza de nuestro presente y seguridad sobre la senda a seguir en los siglos futuros.

En esa línea, nuestra ciudad de Alajuela, ostenta un conjunto escultórico centenario, ubicado en un lugar singular; destinado hace 134 años a ser el espacio de encuentro social más longevo que tenemos.

El lugar.

Cuando a partir de abril de 1884, el entonces Secretario de Fomento Bernardo Soto Alfaro, introdujo en el texto de la renovación del contrato, entre el Estado costarricense y la compañía del ferrocarril; la obligatoriedad para la empresa, de construir la estación del tren de Alajuela a dos cuadras del Parque Central; es dable pensar que ya tenía en mente la localización del futuro Parque Juan Santamaría.

En ese sentido, es posible observar la clara intención de aquel alajuelense, una vez electo Presidente de la República en 1886, de establecer frente a la terminal ferrocarrilera el más importante sitio de reunión comunal (hecho realidad, a partir de 1891). Dinámica, facilitada con la construcción de un largo pretil, que abarcaba la cuadra entera y en un nivel superior, un arbolado a cuya sombra, numerosos poyos, sobre los que familias y amigos oficiaban el triste deber de la despedida como la alegría de recibir a los viajantes.

Espacio, que a lo largo de las décadas, ha sido objeto de numerosas transformaciones. Algunas muy gratas, que fortalecieron nuestro vínculo vital con Alajuela (¿Cuántas generaciones fabricaron “perfume” con alcohol y hojas de “ilán-ilán”, disfrutaron de la elevación de los globos hechos por “Calián” y sus cofrades, aprendieron a patinar o conducir bicicleta en aquella explanada bicolor, gozaron de los “conciertos de las luces” y el “baile de la polilla”?, entre una larga lista de actividades masivas), otras no. Felizmente, su esencia primigenia es constante hasta nuestros días: ha servido y sirve como escenario de concentraciones políticas, populares, cívicas y de celebraciones de triunfos deportivos, locales como nacionales.

Es, indudablemente, uno de los pilares de nuestra cultura alajuelense.

El conjunto escultórico.

Nuestra ciudad de Alajuela ostenta una obra de arte única e irrepetible en el mundo. Única, porque fue contratada exclusivamente para ser expuesta en nuestro paisaje urbano. Irrepetible, porque sus autores, Arisride Croisy y Gustave Deloye, fallecieron hace más de un siglo.

Representación simbólica de Juan Santamaría, menospreciada por consejas que hogaño, gracias al trabajo de investigación y publicación de un brillante historiador académico, han caído en la categoría de asuntos bizantinos; nos obliga a valorarla en toda su dimensión artística y cultural.

El monumento dedicado a nuestro Juan Santamaría, suma también importantes aportes vernáculos, testimonios sempiternos del verdadero ser alajuelense. Somos producto de migraciones: el maestro metalúrgico colombiano, Manuel Jirado Ibarra, radicado en nuestra ciudad, unió con singular maestría las piezas en que la estatua llegó dividida desde Europa. También, el italiano Guiseppe Bulgarelli, experto artesano de la talla en piedra, elaboró el enhiesto pedestal que por 134 años, ha soportado terremotos y conservado en alto al soldado inmortal. Ambos, alajuelenses por sus cuatro costados y fundadores de respetadas familias de nuestra comunidad.

Igualmente, profundos conceptos culturales que nos definen como alajuelenses, se derivan del conjunto escultórico dedicado al héroe:

La Tea, símbolo de libertad y verdad. Escogida como principal ícono del Escudo de Alajuela, insignia del Instituto de Alajuela y emblema de numerosas iniciativas culturales locales.

Los rasgos de la cara, nos recuerdan la sangre y herencia africana que corre por nuestras venas y vive en numerosas expresiones orales y gastronómicas cotidianas.

La bravura del león africano, valor principal achacado al equipo de balompié fundado en 1919.

Es otro de los firmes pilares de nuestra cultura alajuelense.

Aviesas intenciones.

Cuando en 1955, previo a la conmemoración del centenario de la Batalla de Rivas, se intentó trasladar el monumento de Juan Santamaría a la conocida Plaza Acosta; los alajuelenses se levantaron y evitaron tal acto.

Hoy, considero deber alajuelense, alzar la voz para defender los pocos vínculos patrimoniales-culturales que se conservan en nuestra ciudad y nos unen con nuestras raíces, aquellos que nos explican el porqué somos diferentes. Muchos, desaparecidos por eventos naturales (la sismicidad costarricense, nos impone cuidar lo antiguo que permanece en pie), otros por decisiones individuales y políticas.

En días pasados, en el seno de la Comisión Especial para la Construcción del nuevo Edificio Municipal, se puso sobre la mesa una propuesta para desechar un acuerdo firme del pasado Concejo Municipal (producto de años de discusión y estudios científicos, que primaron sobre intereses políticos), de levantar el inmueble en el mismo lugar que ocupó la demolida sede del gobierno local; para, sin mayor explicación que “el crecimiento futuro”, edificar en el Parque Juan Santamaría tal obra.

¿Cuáles aviesas intenciones están detrás de esa intempestiva iniciativa? ¿Un parqueo subterráneo como negocio cedido a manos privadas? ¿La continuidad indefinida del status quo de la “Plaza Tomás Guardia”? ¿Cómo afectará, esos potenciales trabajos invasivos nuestro centenario monumento? ¿Desaparecerá el Parque Juan Santamaría para dar lugar a un edificio burocrático? ¿Qué será de la obra de arte? ¿Eliminarán el gran mural, instalado hace apenas poco más de una década? ¿Tenemos capacidad de visualizar y pensar en las generaciones futuras sin un lugar culturalmente tan robusto? ¿Podrá ese bloque de concreto, crear un espacio seguro y eficiente para quienes disfrutan el parque infantil y se educan en la escuela primaria, ubicados frente a los extremos de esa manzana o para la cantidad de personas y autobuses que se aglomeran en la estación localizada a escasos 50 metros; tomando en cuenta el aumento del flujo vehicular generado por los funcionarios y usuarios, junto a las busetas estudiantiles, autos de padres de familia, clientes de comercios circundantes y buses que usan la avenida 2 como parte de su ruta?

Mucho se dice y escucha. Lo esencial, es que la Municipalidad de Alajuela cambie su línea de conducta, que por muchos años ha demostrado su desprecio por el patrimonio cultural alajuelense (por ejemplo: después del incendio del bello y antiguo quiosco, levantó la concha al revés que nos impide escuchar los conciertos de la Banda Nacional, el “limpiar” con agua a presión y cepillo de barrer el busto en mármol de don León Fernández, el sistemático abandono de la Fuente de Libertad, las frecuentes y execrables intervenciones a la fuente del Parque Central y al bronce de la estatua de Juan Santamaría que limitarán su vida útil, el doloroso espectáculo de instalar piedras andesitas sobre la calle, entre el Parque Central y el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, para que lentamente sean hechas polvo por el peso de los automotores, las constantes y actuales quejas de goteras dentro del edificio del llamado Centro Alajuelense de Cultura, un Teatro Municipal desde larga data subutilizado y cerrado…) para, sinceramente proteger y conservar todo aquello, material e inmaterial, que nos hace ser alajuelenses.

Ronald Castro Fernández
Alajuela
Domingo 4 de mayo, 2025.